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CARDIOFAMILIA | Cátedra de Terapias Avanzadas en Patología Cardiovascular de la Universidad de Málaga

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Entre centenares de miles de muertos por la pandemia de CoVid19, la urgencia por obtener información relacionada con cualquier posible tratamiento o sus riesgos parece justificada. Pero generar conocimiento con la adecuada seguridad y confianza parece reñido con las prisas. La hidroxicloroquina se ha empleado ampliamente en pacientes con infección por coronavirus, sobre la base de un potencial efecto beneficioso. Es sabido que este fármaco puede causar alargamiento del QT y arritmias, y dos recientes artículos, publicados por los mismos autores en las prestigiosas revistas Lancet y New England Journal of Medicine, sugerían que las consecuencias negativas de dichos efectos secundarios podrían superar los beneficios esperados, traduciéndose en un incremento de la mortalidad. Debido a ello, la Organización Mundial de la Salud decidió interrumpir un estudio clínico en marcha sobre hidroxicloroquina en pacientes con CoVid19.

La reciente pandemia de coronavirus está suponiendo una tremenda carga de muertes a nivel mundial, ante lo cual los países afectados se han apresurado a poner todos los medios a su alcance para limitar su impacto. Y si esto ha sido así se debe, en gran parte, a que es algo que nos toca muy de cerca, sin respetar ni a los países más desarrollados.

El sistema sanitario público español es considerado uno de los mejores del mundo, o al menos de los más eficientes, dada la favorable relación entre resultados en salud y recursos invertidos, lo que en gran medida tiene que ver con el bajo salario relativo de médicos y otro personal sanitario. Esta pandemia ha puesto de manifiesto sus fortalezas, pero también sus debilidades.

Diversas obras de ciencia ficción (Brave New World, de A. Huxley o Pebble in the Sky, de I. Asimov) han especulado con la idea de limpiar la sociedad de elementos no productivos, en base sobre todo a criterios de edad. Huxley describe un mundo feliz en el que, tras vivir jóvenes, activos y felices, los individuos son eliminados al llegar a los sesenta años, ahorrando así onerosas pensiones o gastos sanitarios; Asimov, por su parte, introduce excepciones para ciertos individuos valiosos que, por supuesto, suelen ser los propios gobernantes. Estas denuncias, pues no otra cosa son ambas novelas, parecen poco fundamentadas en nuestras sociedades avanzadas, aunque la edad ya no merezca el respeto de otras épocas. Pero basta con rascar un poco para percibir los riesgos.

Hay quien ha comparado la actual pandemia con la Peste Negra que, a mediados del siglo XIV, asoló Europa. Pero no tiene nada que ver. Con una altísima mortalidad y afectando a una población en su mayoría joven y en edad de procrear -la expectativa de vida medieval no permitía otra cosa-, la peste produjo una selección natural que permitió que la población de épocas posteriores fuese más resistente a brotes sucesivos, por más que siguieran apareciendo epidemias localizadas durante tiempo.

La Historia humana no evoluciona de forma uniforme, sino que se ve modificada por eventos puntuales, de suficiente gravedad como para cambiar su curso: guerras, revoluciones, cambios en el clima, epidemias… La actual pandemia de CoVid 19 no parece, pese a su gravedad, que vaya a entrar en este apartado de acontecimientos terribles, como no parece que la anterior pandemia, de la mal llamada gripe española lo hiciese. Pero esta es solo una aproximación superficial, que merece la pena analizar.

En los últimos tiempos se ha abierto, a nivel legislativo y social, el recurrente debate sobre la eutanasia. El ayudar a “bien morir” tropieza con el arraigado tabú que obliga a preservar y prolongar, cueste lo que cueste, la vida humana; tabú tanto más poderoso cuanto que asienta sus raíces en el instinto de conservación. Este tema siempre provoca un cierto desconcierto en los médicos, que basamos nuestra profesión en ayudar a los pacientes a vivir más tiempo. Pero no debemos rehuir el debate, que es de hondo calado. La muerte es inevitable, y una vez que asumimos a nivel personal este hecho, solo quedan dos incógnitas: cuándo y cómo.

Las migraciones hacia Europa de gentes que huyen de la guerra o, sencillamente, de la pobreza, son ante todo un problema humano. Para los políticos es un asunto complejo, cuya solución radica siempre en otra parte, y que perciben como una amenaza. Pero ¿podría ser también una oportunidad? Para gran parte de los países europeos, y para España en particular, la verdadera amenaza a medio plazo es la demografía. El aumento de la expectativa de vida y la baja natalidad ponen el riesgo el estado del bienestar. Los nacimientos en 2017 fueron en España un 24 % menos que en 2008, año de bonanza económica, durante la cual la tasa de inmigrantes se duplicó. También en 2017, y por primera vez, el crecimiento vegetativo español fue negativo.

El Sistema Sanitario Público español tiene muchas deficiencias, algunas de las cuales son bien conocidas: insuficiente dotación, sobresaturación, listas de espera, fragmentación territorial…, pero sigue siendo uno de los mejores del mundo. Recientemente la prestigiosa revista Lancet ha publicado un artículo comparando la calidad y accesibilidad de los sistemas de salud en 195 países. España ocupa un honroso 19º puesto; pero si nos centramos en la atención a las enfermedades cardiovasculares ascendemos hasta el décimo puesto, con una nota de 93,4 sobre 100, muy cerca del primero, Holanda (96,8/100) y a gran distancia de, por ejemplo, Estados Unidos (70/100). Es más, en la atención a las enfermedades coronarias, la puntuación es inmejorable (100/100), lo que refleja seguramente la amplia implantación de la atención revascularizadora temprana al infarto de miocardio, el conocido Código Infarto.

Cuando a finales del siglo pasado se introdujo la angioplastia coronaria, no faltaron voces que predijeron el fin próximo de la cirugía coronaria. El debate se reabre ahora, con las nuevas técnicas que permiten implantar una válvula aórtica sin necesidad de cirugía. Inicialmente, el reemplazo valvular aórtico percutáneo, o TAVI por sus siglas en inglés, se limitó a enfermos inoperables; pero progresivamente, a medida que se iban constatando sus buenos resultados, se ha ido ampliando a pacientes con grados variables de riesgo quirúrgico. Es evidente que esta técnica supone una menor agresión para el paciente y que, en numerosos casos, goza también de sus preferencias. ¿Por qué no terminar aplicándola, pues, a todos los casos de estenosis aórtica severa? Una de las razones es la falta de datos sobre la durabilidad a largo plazo de las válvulas implantadas por vía percutánea. Comenzamos ahora a recibir esos datos.

En estos días se está celebrando el congreso anual del American College of Cardiology, un congreso que solía ser imprescindible si uno quería estar al día de los últimos avances en el campo cardiovascular. Hace unos años la única forma de saber lo que allí se trataba era asistir; hoy, basta con recorrer los lugares adecuados de Internet para asistir a las presentaciones, debates y conferencias. Incluso podemos descargarnos el material correspondiente. Además los resultados de los principales ensayos suelen publicarse de forma simultánea en las grandes revistas médicas.

El 1930 Ortega y Gasset pronunció una conferencia en la Universidad de Madrid cuyo título “Misión de la Universidad” dio nombre a un libro de ensayos publicado posteriormente. Ortega afirmaba que la misión de la Universidad no era la investigación, aunque esta era una de las tareas de la institución; su misión era, más bien, enseñar y transmitir los resultados de la investigación.

Los grandes pensadores del siglo XX, los que con su visión cambiaron la imagen del mundo, son sin duda los físicos que establecieron las bases de la relatividad y la mecánica cuántica. Casi todos ellos (Einstein, Heisenberg, Schröedinger…) obtuvieron el Premio Nobel por trabajos llevados a cabo antes de cumplir los treinta años de edad. Es en esos años cuando la mente humana es más creativa, y cuando se está en disposición de ver el mundo con ojos nuevos.

Uno de los componentes imprescindibles del ejercicio de la Medicina debe ser la compasión hacia el enfermo; no en el sentido de lástima, sino en el de ser capaces de “padecer con” o, al menos, comprender al que sufre como alguien no diferente de quien seremos nosotros dentro de un tiempo. Y posiblemente una mayoría de los que deciden ser médicos lo hacen movidos por la oportunidad, que la profesión conlleva, de ayudar a otros. Por eso son muestra de escasa sensibilidad titulares como el reciente de una publicación destinada a profesionales de la sanidad: El mercado del dolor articula menores crecimientos.

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