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En algún escrito anterior hemos comentado la actitud encomiable de los jóvenes que, pese a las duras condiciones de la lucha contra la pandemia, han respondido aumentando el número de los que quieren dedicarse a sanitarios. Pero, claro, esa no es toda la juventud. También están esos otros que, en un ejercicio de irresponsabilidad, han acudido a eventos masivos propicios a la trasmisión de un virus que está lejos de ser vencido.

Aunque esta no es la única causa de esta quinta ola, no cabe duda de que ha contribuido a ella. Eso sí, no esperen encontrar en los medios de comunicación, y menos en las declaraciones de los políticos, crítica alguna a esos comportamientos; al fin y al cabo, votos son votos. Es posible que esos jóvenes se hayan hecho el siguiente planteamiento: los viejos, carne de cañón de la pandemia, ya están vacunados; y nosotros somos inmortales. Dejando al margen que la segunda premisa no es cierta, como se constata a diario en las UCIS de los hospitales, los efectos negativos de la pandemia no se limitan a la lista de bajas. La repercusión sobre la economía, sobre todo en un país tan dependiente del turismo como es España y en plena época vacacional, es clave, para ahora y para el futuro. Y la repercusión que, en ese sentido, tiene el actual repunte, es evidente. El desempleo juvenil, una de las lacras de nuestro país, aumentará en los próximos tiempos como consecuencia, precisamente, del ocio desenfrenado de una parte de esa misma juventud. Hay que apelar, por tanto, a la responsabilidad; pero no ya con los ancianos vulnerables, sino con la atención primaria sobrecargada, con los pequeños empresarios de la hostelería y con las perspectivas futuras de empleo.

Cuando la responsabilidad individual no es suficiente, porque hay siempre grupos irresponsables, es necesaria la acción normativa de las autoridades. Pero —y esto también es irresponsabilidad— los gobiernos, empezando por el gobierno central, han decidido abstenerse, porque prohibir resta votos.

No cabe duda de que, pese a todo lo anterior, podremos con la pandemia; pero, como sabiamente recoge el adagio taurino, “hasta el rabo todo es toro”. Y habrá que seguir apelando a la responsabilidad, sí; pero también arbitrando medidas que pongan coto a los irresponsables. Porque lo realmente preocupante será el paisaje después de la batalla.

Eduardo de Teresa es Catedrático Emérito de Cardiología, Universidad de Málaga. Director de la Cátedra de Terapias Avanzadas en Terapia Cardiovascular de la Universidad de Málaga.

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