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La diabetes, cuya prevalencia va en aumento en todo el mundo occidental, es una enfermedad cardiovascular. ¿Es esto una afirmación exagerada? Muy al contrario; en las grandes citas científicas dedicadas a esta enfermedad (la reunión de la ADA, American Diabetes Association, o de la EASD, European Association for the Study of Diabetes) el tema estrella durante 2016 ha sido, precisamente, la enfermedad cardiovascular.

¿Por qué? Es sabido que la mayor parte de los pacientes diabéticos mueren precisamente por complicaciones cardiovasculares. Pero los estudios llevados a cabo para intentar demostrar que un mejor control de la diabetes se traducía en una reducción significativa de este tipo de eventos (UKPDS, AVANCE, ACCORD, entre otros) arrojaron resultados modestos, cuando no negativos, al menos en lo que se refiere a la enfermedad macrovascular. Las razones de esto no están claras, pero una de las posibles explicaciones es que los fármacos empleados en estos estudios podían empeorar ciertos aspectos del perfil de riesgo vascular además de incrementar el riesgo de hipoglucemia.

Por ello, la Food and Drug Administration americana decidió exigir, antes de aprobar nuevos fármacos para el control de la diabetes, la realización de ensayos clínicos que demostraran su seguridad. Y en el año 2016 se empezaron a conocer los resultados de estos estudios. Dos grupos de fármacos relativamente nuevos, los basados en incretinas y los inhibidores del cotransporte glucosa-sodio a nivel renal, fueron los empleados en estos estudios.

Y los resultados con sitagliptina, saxagliptina y alogliptina (todos ellos inhibidores de la DPP4) fueron neutros con matices demostrando que estos fármacos son seguros. Los resultados con semaglutida y liraglutida, análogos inyectables del GLP1, fueron más allá, demostrando una reducción de eventos que, en el caso de la última, incluía una reducción de la mortalidad. Pero los resultados más espectaculares se alcanzaron con la empagliflocina, un inhibidor de la SGLT2, que no solo demostró la reducción de eventos conjuntos, sino que se tradujo en una impresionante reducción de casi el 40% en la mortalidad global.

Todos estos resultados son muy alentadores, aunque dejan preguntas sin contestar. ¿Cuál es el mecanismo detrás del beneficio observado? ¿Estamos ante un efecto de clase? ¿Son estos nuevos agentes coste-efectivos? El año que comienza nos traerá nuevos datos que intentarán contestar a estas y otras preguntas, junto con los resultados de ensayos con otros fármacos. En todo caso, 2017 promete ser un año apasionante para los que se interesan por la diabetes y sus consecuencias.

Eduardo de Teresa es Catedrático Emérito de Cardiología, Universidad de Málaga. Director de la Cátedra de Terapias Avanzadas en Terapia Cardiovascular de la Universidad de Málaga.

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